Transformación digital

Inclusión financiera en Paraguay: el desafío ya no es solo el acceso

Escrito por
Dea Cálcena
Publicado el
27/8/2026

Paraguay avanzó significativamente en el acceso al sistema financiero. El próximo desafío es transformar ese acceso en herramientas que realmente mejoren la manera en que personas y empresas participan de la economía.

En Paraguay, transferir dinero en segundos dejó de ser una novedad. Lo hacemos desde el celular, a cualquier hora y, cada vez más, sin detenernos a pensar en toda la infraestructura que permite que esa operación ocurra.

Esa naturalidad es, en sí misma, una señal de cuánto cambió el sistema financiero en los últimos años.

Pero también abre una nueva pregunta: ¿qué pasa después de que el acceso existe?

Durante mucho tiempo, hablar de inclusión financiera significó hablar principalmente de cuántas personas tenían una cuenta, podían realizar una transferencia o contaban con algún vínculo con el sistema financiero formal. Esa dimensión sigue siendo fundamental, pero los avances recientes muestran que el desafío empieza a trasladarse hacia otro lugar.

Hoy, el 61% de la población adulta paraguaya tiene una cuenta en una institución financiera, frente al 29% registrado en 2013. En poco más de una década, el acceso prácticamente se duplicó.

La evolución de los pagos digitales fue todavía más acelerada. El Sistema de Pagos Instantáneos procesó alrededor de 19 millones de operaciones en 2022. En 2025 superó los 370 millones y, para noviembre de ese año, ya concentraba el 97,2% de las operaciones realizadas a través del SIPAP.

En pocos años, una infraestructura nueva pasó a formar parte de la vida cotidiana de millones de personas.

Y justamente por eso, tener acceso ya no alcanza para explicar qué significa estar financieramente incluido.

Del acceso al uso real

En agosto de 2026, Paraguay presentó la Estrategia Nacional de Inclusión Financiera 2026–2031, la primera actualización integral de esta política en más de una década.

Hay un cambio importante en la manera en que esta nueva etapa entiende el problema. El objetivo ya no consiste solamente en incorporar a más personas al sistema, sino en aumentar el acceso y, sobre todo, el uso efectivo de productos y servicios financieros formales.

La diferencia parece pequeña, pero cambia bastante la conversación.

Una persona puede tener una cuenta y utilizarla casi exclusivamente para recibir dinero y retirarlo. Un trabajador independiente puede cobrar digitalmente y seguir sin encontrar herramientas de ahorro o financiamiento que respondan a su realidad. Una empresa puede aceptar pagos electrónicos mientras buena parte de su gestión financiera continúa dependiendo de procesos manuales.

Los propios datos reflejan esa distancia. Mientras seis de cada diez adultos ya tienen una cuenta, solo el 37,5% declaró haber ahorrado durante 2024. Al mismo tiempo, el 54,7% tomó dinero prestado.

La cuestión, entonces, deja de ser únicamente cuántas personas lograron entrar al sistema. Empieza a importar qué pueden hacer una vez que están dentro y cuánto valor les genera esa participación.

Ahí aparece una definición más exigente de inclusión financiera: servicios que no solamente estén disponibles, sino que sean útiles, accesibles, confiables y suficientemente simples como para integrarse realmente a las decisiones cotidianas.

Cuando la tecnología funciona, casi deja de verse

Buena parte de esa evolución ocurre en lugares que el usuario final nunca ve.

Detrás de una transferencia inmediata, un pago digital o una experiencia que parece resolverse en segundos existen sistemas de pagos, estándares de interoperabilidad, reglas de seguridad, conectividad e integraciones entre múltiples actores.

En este terreno, Paraguay viene construyendo una base cada vez más amplia.

La Ley del Sistema Nacional de Pagos, promulgada en 2025, incorporó formalmente a proveedores no bancarios de servicios de pago y fintech al ecosistema y fortaleció principios como la interoperabilidad y la competencia. La nueva estrategia de inclusión financiera continúa en esa dirección y contempla acciones que van desde fomentar la adopción de medios de pago electrónicos entre las MIPYMES hasta avanzar con infraestructura interoperable para pagos QR y nuevas modalidades como los pagos por aproximación mediante NFC.

Son desarrollos técnicos, pero su objetivo final es bastante concreto: que distintos servicios, entidades y canales puedan funcionar de una manera cada vez más conectada.

Porque la tecnología por sí sola no genera inclusión. Para hacerlo necesita infraestructura, regulación, seguridad, confianza y experiencias que eliminen fricción en lugar de simplemente trasladarla de un canal a otro.

De hecho, una de las paradojas de la digitalización financiera es que cuanto más sofisticada se vuelve la infraestructura por detrás, más simple debería sentirse la experiencia por delante.

Para una empresa, inclusión también significa capacidad de operar

Esta conversación se vuelve especialmente relevante cuando se mira a las empresas.

La nueva estrategia coloca a los trabajadores independientes y a las MIPYMES entre sus segmentos prioritarios. No es un detalle menor. Para una pequeña empresa, participar plenamente del sistema financiero significa mucho más que tener una cuenta bancaria o disponer de un código QR para cobrar.

Significa que una venta digital pueda convertirse en información útil para ordenar el negocio. Que reducir el uso de efectivo también permita mejorar la trazabilidad de las operaciones. Que los movimientos financieros ayuden a construir información para evaluar el desempeño de la empresa y, eventualmente, facilitar su acceso a nuevas alternativas de financiamiento.

También significa que sistemas que antes funcionaban por separado puedan empezar a conectarse, reduciendo tareas manuales y liberando tiempo para actividades de mayor valor.

La experiencia regional muestra, sin embargo, que esa adopción todavía es desigual. Las empresas más grandes, exportadoras y ubicadas en las capitales avanzan más rápido en la incorporación de pagos digitales, mientras que las empresas pequeñas encuentran con mayor frecuencia barreras relacionadas con infraestructura, costos, conocimiento y sistemas que todavía no logran integrarse de manera sencilla.

La disponibilidad de una tecnología, por lo tanto, no garantiza automáticamente su aprovechamiento.

Pero allí también aparece una oportunidad importante. Cuando las herramientas digitales logran adaptarse a la realidad de empresas más pequeñas, dejan de ser solamente nuevas formas de pagar o cobrar y pueden empezar a convertirse en infraestructura para ordenar, formalizar y hacer crecer un negocio.

La próxima etapa será menos visible

Paraguay ya recorrió una parte significativa del camino hacia una economía más digital. Hay más personas dentro del sistema financiero, los pagos instantáneos alcanzaron una adopción masiva y la infraestructura tecnológica y regulatoria continúa evolucionando.

La próxima etapa probablemente sea menos fácil de resumir en un solo indicador.

No alcanzará con observar cuántas cuentas se abren o cuántas transacciones digitales se realizan. Habrá que mirar qué sucede después: si esas herramientas permiten ahorrar mejor, acceder a financiamiento, reducir costos, simplificar operaciones, conectar sistemas y tomar mejores decisiones.

Ese cambio también modifica la forma de pensar la tecnología.

El impacto deja de estar solamente en crear nuevos canales digitales y empieza a estar en conseguir que esos canales formen parte de un ecosistema que funcione de manera integrada.

En ese escenario, la inclusión financiera deja de medirse únicamente por cuántas personas y empresas logran entrar al sistema.

Empieza a medirse por todo lo que pueden hacer una vez que están dentro.

Y quizás allí esté una de las mayores oportunidades de la transformación digital que Paraguay está atravesando: construir una infraestructura que no solo amplíe el acceso, sino que convierta ese acceso en más capacidad para operar, decidir y crecer.

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